18. feb., 2017

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UNIVERSIDAD Y DOCENCIA

En el proceso constante de cambio y adaptación en el que vive permanentemente la universidad, se están dado unas coordenadas nuevas derivadas de los procesos de globalización, democratización, progreso de la ciencia y la tecnología, medio ambiente, exclusión social, etc., de tal modo que esos cambios y necesarias adaptaciones a las que aludíamos pasan por el logro de “pertinencia, calidad, evaluación, adecuación de la gestión y el financiamiento y la cooperación internacional”, tal y como puso de manifiesto la Conferencia Mundial sobre la Educación Superior (UNESCO, 1998). 

En ese mismo contexto hay que situar la Declaración Mundial sobre la Educación Superior en el siglo XXI (UNESCO, 1998), que se centra fundamentalmente en tres ejes: Misiones y funciones de la Universidad, hacia una nueva visión de la Educación Superior y de la visión a la acción 

Como misiones y funciones deseables para la Universidad del siglo XXI se apuntan las de “educar, formar e investigar”, pero dentro de un marco definido por la ética, la autonomía la responsabilidad y la anticipación, lo cual puede servir para tener un primer elemento de análisis de nuestras propias realidades. 

Desde ese planteamiento inicial se apunta a una universidad con igualdad de acceso, con mejor participación, comprometida con el avance del conocimiento, con proyectos pertinentes y a largo plazo, con mejores lazos con el mundo laboral y las necesidades sociales del entorno, con respuestas diversificadas, comprometidas con el pensamiento crítico y la creatividad y capaces de hacer de su personal y estudiantes los auténticos protagonistas de su acción. 

Para transitar de cada situación actual a ese planteamiento se recomienda: la evaluación cualitativa, asumir el reto de las tecnologías de la información y la comunicación, reforzar la gestión y el financiamiento y compartir conocimientos por encima de las fronteras. 

En cualquier caso parece fuera de toda duda que la universidad ha de cambiar (ha de seguir cambiando o hacerlo a mayor ritmo, según los casos) para lograr una mayor versatilidad y para adaptarse a estas nuevas demandas, y ha de hacerlo tomando en consideración tanto su gestión, como su estructura o sus diseños académicos, pues de lo contrario perderá definitivamente su función social. 

El punto de partida ha de ser cada realidad universitaria, cada modelo subyacente, tomando en consideración sus peculiaridades científicas, su estructura, su demanda y oferta de estudios, su cultura, etc., pero intentando una adecuación estricta con los nuevos requerimientos, que podríamos articular alrededor de estos objetivos: 

•Configurar y adecuar equipos de trabajo a las competencias y objetivos propuestos o deseables 

•Establecer cambios culturales en las estructuras organizativas (tendentes ahora a la racionalidad y la mensurabilidad) 

•Facilitar la gestión del cambio y readaptar las estrategias de futuro a los nuevos requerimientos.

Lógicamente debe de partirse de asumir una concepción inicial para la universidad. Lo dicho hasta aquí encierra el concepto de que la universidad en un ente colectivo al servicio de la sociedad cuyos procesos se desarrollan bajo el principio de autonomía

La historia universitaria nos ha proporcionado básicamente dos modelos de gestión universitaria: el burocrático y el empresarial. Sobre ambos se ha debatido extensamente, como muestra, por ejemplo, el Informe “Universidad 2000” (Dirigido por el profesor Bricall, 2000). 

En medio de ellos está cobrando carta de naturaleza otro, que se ha dado en denominar “Colegial” y que no siempre ha sido bien entendido, pues lo que prevalece en la mayoría de los casos es la tendencia a inclinarse por el modelo empresarial o por buena parte de sus planteamientos en detrimento de otras cuestiones como las planteadas hasta aquí. 

Y es que avanzar en el modelo Colegial supone no sólo asumir el control social (que habría de ser independiente y no partidista), sino también aumentar la autonomía; profesionalizar la gestión interna, pero sin que esta prevalezca sobre los objetivos centrales de la institución universitaria: docencia e investigación e introducir estímulos a la innovación (no sólo en la gestión, sino también en el resto de marcos que estructuran la acción universitaria). 

De este modo, las acciones de cambio y adaptación deberían centrarse en primer lugar en la especificación de los procesos universitarios. Quizá la distinción entre procesos académicos, de gobierno y de apoyo podría ser un buen referente, pero siempre que los cambios y las estrategias que se propongan para lograrlos afecten a todos ellos y enriquezcan y mejoren los académicos, que a fin y a la postre son los que delimitan la esencia de la institución universitaria. 

En este marco efectivamente tiene sentido avanzar por planes estratégicos, pero entendidos como resolución de problemas y como aprendizaje (a partir de la propia experiencia o de la de otras instituciones), y no sólo entendidos desde parámetros productivos (provenientes de las empresas de producción). 

Para avanzar de este modo hay que contar con la voluntad de la comunidad universitaria y con un buen acotamiento de lo que se quiere conseguir, esto es, con una buena definición de objetivos, de indicadores, de la gestión, etc. y hay que conseguir la auto-implicación de toda esa comunidad, lo cual no se logra, como es bien sabido, ni con grandes declaraciones de principios ni con la mera presencia de elementos legislativos. 

Existe, con todo, una variable importante en la configuración del cambio que se espera de la institución universitaria, cual es la asunción de los retos que plantea la enseñanza en la Universidad y la inclusión de las Tecnologías de la Información y la Comunicación, pues ellas están marcando en buena medida nuevas exigencias sobre la universidad. 

Las Tecnologías de la Información y la Comunicación están afectando al ritmo de los cambios, están creando o ayudando a crear nuevos entornos de enseñanza y aprendizaje, están asignando nuevos papeles a las instituciones educativas y a los docentes y discentes, están generando nuevos materiales... están, en definitiva, marcando un nuevo tipo de formación y un nuevos sistema de gestión de esa formación, pero asumirlas supone, entre otras cosas, replantearse la acción docente, eje que articula y define la acción central de la Universidad.. 

En el Informe de la Comisión de la Unión Europea al Parlamento, hecho público el 27 de enero de 2000, sobre la educación del futuro y las TIC se plantean tanto los progresos que pueden ofrecer estas tecnologías, sobre todo los referidos a la superación del umbral tecnológico y a la creación de servicios multimedia, como los desafíos a salvar para su uso tanto en la formación como en la organización. Dicho Informe apunta que las autoridades públicas deben crear condiciones favorables para el desarrollo de su uso, para lo que deben: 

•Valorar mejor la experiencia adquirida 

•Definir prioridades en equipamientos e infraestructura 

•Establecer modelos de desarrollo 

•Desarrollar servicios para los profesores y formadores 

•Desarrollar estrategias globales 


En ese marco hay que inscribir las acciones que se vienen desarrollando en el seno de las Universidades y que inciden en la formación de los profesores y a cuya reflexión quisiéramos colaborar con esta entrada.