4. abr., 2017

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LAS TIC Y LA FORMACIÓN (3): Apuntes para la acción

Estamos ante una revolución que parece ha sido aceptada así en el quehacer de, al menos, nuestras instituciones de enseñanza superior y de acciones en el ámbito no formal, puesto que no hay hoy, que sepamos, institución universitaria que no se haya ubicado de algún modo en el desarrollo de la enseñanza a través de Internet y que, incluso, muchas de ellas cuenten con “valedores” importantes (empresas, entidades financieras o de otro tipo, etc.) 

De todos modos, si se analizan las diferentes ofertas a las que se puede acceder, siguen siendo las empresas y, dentro de ellas, los directivos, las que más están utilizando la formación “en línea”. No se trata, hasta ahora y si tomamos ese hecho como punto de referencia, de ofrecer formación dirigida a facilitar el empleo, sino de tener a disposición una formación diversa, adaptada a diferentes necesidades y que permite ser desarrollada sin desplazamientos ni otros esfuerzos adicionales. 

Realmente, cuando se trata de la adquisición de formación para acceder al mercado laboral o para la obtención de títulos “reconocidos”, la elección de formación “en línea” es más comprometida y se tienden a utilizar más los programas presenciales. Eso no deja de ser curioso cuando son las propias empresas las que han favorecido o propiciado el desarrollo de plataformas y servicios de formación. 

De todos modos el mercado laboral viene exigiendo cada vez con mayor claridad el uso de las TIC y no sólo como herramientas básicas para la comunicación o las propias acciones de la empresa, sino también como medio para la transmisión del conocimiento y, en muchos casos, para la gestión de ese conocimiento. De este modo creemos que es imprescindible conocer las oportunidades o ventajas que ofrecen las TIC tanto en el ejercicio profesional como en su desarrollo. 

Sabemos, de todos modos, que, a pesar de las inversiones en equipamientos, las TIC están tardando en tener un impacto adecuado, tanto en el sistema educativo formal como en el no formal, quizá porque su grado de penetración haya tardado en ser importante o porque su uso no ha sido el adecuado al no usarse de acuerdo a las nuevas visiones del aprendizaje. Del mismo modo no ha acabado de asumirse que el aprendizaje es una actividad individual, aunque mediada socialmente (lo que debe de llevarnos a potenciar las redes sociales y la comunicación) o que Internet permite aprender desde cualquier sitio a cualquier hora. Todo eso está íntimamente ligado al hecho de que no se han establecido con claridad los retos de la formación ni su papel en la construcción de la sociedad del futuro o a que se ha perdido parte del espíritu crítico necesario para afrontar tanto el aprendizaje y su sentido como la vida. 

Debido a todo ello ya apuntamos más arriba que el problema no está tanto en si usar o no las herramientas, como en establecer la perspectiva y la finalidad con las que se deben usar, pues es cierto que los nuevos recursos que la tecnología pone a disposición de la formación no dejan de tener un cierto componente especulativo. 

Es cierto que, desde esa afirmación, asumimos que las TIC deben incluirse como elementos para la mejora de los ámbitos formativos, para lo que deben cambiar las pautas de formación de los formadores y la forma en que éstos afrontan los procesos de aprendizaje, aparte del resto de componentes del proceso de enseñanza y aprendizaje. 

Es cierto también que la rápida evolución de las TIC y de las demandas sociales que se derivan de su asunción plantean nuevos retos a la sociedad en general y a los centros de formación en particular. Las nuevas visiones del aprendizaje que se derivan de los cambios sociales y tecnológicos aparecen, las más de las veces, asociadas a las TIC. De esta forma, las TIC se presentan como un motor de cambio e innovación de la formación y del sistema educativo. Pero para que ese cambio tenga lugar se necesita que las TIC penetren realmente en el sistema formativo y que pasen de ser consideradas como objeto de estudio reducido al ámbito curricular a ser utilizadas de manera transversal e integral en todas las facetas del proceso educativo (NSBF, 2002; Aviran & Talmi, 2004; Benito, 2005). 

La situación de partida respecto al impacto que las TIC están teniendo en la escuela y en la formación es pesimista en general, porque, a pesar del tiempo transcurrido desde la aparición de las primeras herramientas TIC, el uso real de estos recursos, ni ha llegado a ser masivo, ni parece haber cambiado sustancialmente la forma en que el profesorado entiende los procesos de aprendizaje y, lo que es peor, no parece haber cambiado las pautas de formación del profesorado que hoy se siguen en los centros universitarios, caracterizados por una visión bastante tradicional y convencional del proceso (Benito & Ovelar, 2005).